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NAVIDAD:

JESÚS NACE 

PARA QUE EL SER HUMANO ESTÉ EN PRIMER TÉRMINO

Por Marcelino Jiménez, capuchino

Pocas veces se ha presentado en la historia de la humanidad tantas posibilidades para la mejorar la vida del ser humano. Pero lo cierto es que estas posibilidades de bienestar social no llegan a todos. Como consecuencia de este desajuste social de bienes, vemos cómo la pobreza se va instalando cada vez más a nuestro alrededor; las necesidades de los desheredados pasan desapercibidas, pues todo lo más que llegamos es a compadecerles. Con este panorama no nos podemos extrañar de que las luchas sociales vayan en aumento. A todo este panorama hay que añadir los enfrentamientos armados en los que los países más empobrecidos están en primera línea. Hay que añadir también el incremento bélico que ha supuesto el atentado llevado a cabo por kamikaces el 11 de septiembre utilizando aviones de pasajeros como misiles contra  las torres de Manhattan en EE.UU.

 Con este panorama mundial, Jesús  nace y se queda con todos los seres humanos,  al tiempo que nos invita a  trabajar con Él para extender por toda la tierra el mensaje del pesebre, que no es otro que el de PAZ Y FRATERNIDAD. Precisamente de este sentimiento de fraternidad es desde donde tenemos que edificar una sociedad en la que el ser humano este en primer término.

 Esta buena noticia de la Navidad está en contraposición a la actual construcción de la sociedad, de tal forma estructurada que cada día, por una u otra causa, deja morir a cientos de personas. Ahora más que nunca tenemos que concretar una visión mundial que tenga  a toda persona en primer término; esto sería el principio  para ir dando pasos hacia un nuevo tipo de humanidad.

 Como cristianos y cristianas dispuestos a celebrar la Buena  Noticia de la Navidad  no podemos dar paso a la angustia, la desesperación o el desánimo. Nada más contrario al espíritu de la Navidad que estas actitudes. Tenemos que ser personas esperanzadas  y tener la certeza de que otro mundo es posible y deseable,         y que en el momento actual se están dando pasos en esta dirección. Esto se está  demostrando en que cada vez somos más los que no estamos por el enfrentamiento armado, y para demostrar a la sociedad que otro mundo es posible, son cientos los grupos  de índole social y religiosa  que han formado lo que se ha dado en llamar una red de redes para protestar por las políticas de desajuste de políticas antisociales de las siete grandes potencias económicas. Estos movimientos sociales y religiosos los hemos visto actuar juntos  en campañas tales como la implantación en muchas de nuestras ciudades el llamado comercio justo, la condonación de la deuda externa a los pueblos empobrecidos y, últimamente, la gran manifestación de denuncia realizada en Génova con motivo de la  asamblea del G8, que prometen ayudar a los pobres del mundo, pero lo que en realidad  figura en sus agendas es renegociar las relaciones entre los poderosos, dejando al pobre todavía más desprotegido.

La Navidad nos invita hacer un esfuerzo por cada uno de nuestros semejantes y organizar el mundo de manera que todos podamos vivir con dignidad. Juan Pablo II, en su mensaje a la última cumbre del G8, pedía a los lideres mundiales que escuchasen el grito de los pobres y que hiciesen de la tierra un lugar “cada vez más habitable para todos”. El Papa dejaba claro en su mensaje que “Dios Creador y Padre quiere hacer de la humanidad una sola familia”.

            No podemos olvidar que toda persona esta hecha a imagen y semejanza de su Creador.  En esta Navidad sería bueno sacar y ofrecer gratuitamente a todo ser humano, como si de una ofrenda al Niño del pesebre se tratara, la ternura que tenemos, la compasión que albergamos, el cariño que almacenamos, el servicio desinteresado, la amistad sin barreras. Estaremos más que preparados para  cantar a pulmón  pleno: GLORIA A DIOS EN EL CIELO Y PAZ  A  LA TIERRA.


... y Dios se hizo hombre

  por Jesús Aniorte, capuchino

Navidad, palabra mágica que hace que todo estalle en gozo y en ganas de vivir. Y todo porque nace un niño. Ah, pero... "Os anuncio un gozo grande: os ha nacido un salvador" (Lc 2,1 l). Y uno que anda por la vida cargado de angustias, de tristezas y de pecado, buscando con desespero a alguien que le aligere la carga, ¿cómo no va alegrarse con la noticia?

Sin embargo, nuestro mundo sigue siendo un mundo triste. A veces pretende espantar la tristeza con el ruido y el no pensar; pero la tristeza sigue ahí, terca, acurrucada en cualquier rincón, esperando. Y, al menor descuido, se cuela de nuevo por todos los poros del corazón humano.

Y uno se pregunta: ¿es que ese gozo grande que gritan los ángeles en la nochebuena sólo es para unos días? ¿Dónde está ese salvador que rompe todas las tristezas, todas las angustias, todas las miserias? Pero ... ¿no será que no sabemos verlo? Porque me encuentro con esto de Juan el Bautista. "En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis" (Jn 1,26). Y era verdad. Porque ¿quiénes le vieron? Aquella primera noche del grito de los ángeles, unos cuantos pastores; después, unos hombres venidos de lejos tras la ilusión de una estrella. Los demás... Pienso en Herodes, por ejemplo: los hombres llegados de fuera le hablan de Él, y la noticia pone temblor de miedo en su corazón.

Pero dejemos tranquilos a las gentes de entonces. Hoy quiero pensar en mí. ¿Le hubiera visto yo? Porque, la verdad, se presentó de una manera... Un chiquillo, que nace de una mujer del pueblo y en un establo. Y si doy un salto en el tiempo y lo miro años adelante, lo mismo: un hombre, que, sí, habla como ningún otro ha hablado antes, según dice la gente; pero un hombre. Y si lo veo al final, burlado, insultado a salivazo limpio, entretenimiento de la vigilia obligada de unos soldado centinelas, colgado de una cruz...

Pero ahora corta mi reflexión el latigazo de este pensamiento que leí por ahí: “Nunca hemos podido tragar la encarnación". Y pienso que eso es lo que nos pasa: que a Dios no lo buscamos encarnado, sino "encielado": con mucha gloria, con mucho poder, con mucho relumbrón. Y Él no ha querido eso; Él ha querido presentarse encarnado. Y hay que “tragarlo", como decía aquél, así, encarnado, hecho hombre.

Esto me planta de pronto en mi monótona vida de todos los días. Porque me encuentro con esto que dijo El: “Mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo" (Mt 28,20). Y con esto: “Lo que hicisteis con un hermano mío de los más humildes, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). Está claro: Él anda por aquí. Lo que ocurre es que sigue con sus mañas: apareciendo encarnado, ¡hombre! Y yo, como los de entonces, lo espero de otra manera: lo espero Dios‑Dios. Y...

“Jesús... fue un trecho a su lado y conversaba con ellos (con los de Emaús). Pero ellos no le reconocieron. El Señor se ha aparecido así siempre después de su resurrección: inaparente, como hambriento, un jardinero, un viandante, un hombre en la costa... " (L. Boros).

Mejor así. Porque así resulta que este hombre que está sentado a mi lado en el banco del jardín, no es otro que ese Chiquillo‑Salvador que pone alegría en mi corazón todas las nochebuenas; resulta que ese Chiquillo‑Salvador está saliéndome al paso ‑"inaparente"‑ en cada hombre que se cruza en mi camino; resulta que todos los días son, pues, nochebuena, que todos los días son Navidad... ¡porque todos los días Él viene a mí en el hombre!

Ahora entiendo aquello de aquella tarde. Con Miguel Hernández, mi paisano, podía decir yo: "Hoy estoy para penas solamente". Y vino aquel hombre con su grito de angustia: "Necesito hablar con alguien, por favor". Le escuché. Cuando se marchó, toda mi tristeza se había hundido en no sé dónde, y sobre ella flotaba el gozo, un gozo grande como el de la nochebuena. Ahora entiendo. Fue eso: Él había venido a mí en aquel hombre cargado de una tristeza grande y me había salvado de mi pequeña tristeza. Aquella tarde fue Navidad para mí. Ahora entiendo... ¡Qué fácil vivir siempre en Navidad! ¡Qué fácil vivir siempre en el gozo grande de la nochebuena! Basta abrirse al hombre que viene a mí o tengo al lado. Así de fácil... Y yo, terco, sin querer enterarme.