No es fácil evitar los tópicos al
escribir sobre el tiempo de Navidad. Por el contrario, es
muy fácil caer en la consabida y acaramelada sensiblería.
Ni una cosa ni otra pretendemos.
Con el título del editorial y con este
pequeño comentario no pretendemos amargar la Navidad a
nadie, pero tampoco vamos a evitar conscientemente que se le
quede un amargo sabor de boca a quien, tras leer estas
líneas, el corazón se le alborote y le golpee más fuerte
que de ordinario, incluso le quede cierto sabor amargo.
Al hablar del "amargo sabor del
turrón" no nos referimos al típico dulce navideño,
sino a las variadas circunstancias de la vida en que, aunque
nos saciemos de dulce, nada nos llega a endulzar la vida
realmente; todo lo contrario. Y ya no nos referimos
solamente a situaciones personales, familiares y de nuestros
entorno próximo. Si levantamos la vista más allá de
nuestras fronteras localistas y personalistas, nos daremos
cuenta que miles de personas nunca sabrán que es Navidad;
miles de niños morirán sin saber quiénes son los Reyes
Magos y sin poder disfrutar de un juguete; miles de mujeres
lo son y seguirán maltratadas; miles de emigrantes
seguirán sin conocer qué es disfrutar de un hogar; miles
de personas seguirán echando de menos un gesto solidario;
miles de seres humanos seguirán enfrentados y
destruyéndose en nombre de su dios, incluso de Dios; miles
de empobrecidos mirarán estos días las mesas repletas
mientras no tienen un puñado de arroz que llevarse a la
boca; miles de seres humanos seguirán solos en medio de un
mundo que no tiene tiempo para el encuentro.
Son demasiadas las razones para la
amargura y el desaliento. Pero, en medio del pesimismo,
también llega a nosotros una Buena Noticia que cambia,
renueva y transforma el rostro del mundo: "Os ha nacido
un Salvador, Cristo el Señor".
De ti depende ahora que el rostro del
mundo adquiera una nueva dimensión más humana y cristiana.