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LLAMADOS
A SER FELICES
por
Julio Micó, capuchino
Recuerdo
que en mis años de catecismo -o de “doctrina”,
como se decía en los años cincuenta- el concepto
de felicidad que aprendíamos los niños estaba más
allá de los pequeños goces que podíamos obtener
en aquella grisácea vida de la postguerra. La
finalidad del hombre al ser creado era “conocer,
amar y servir a Dios en esta vida”; cosa que, como
puede comprobarse, no daba demasiado motivo para la
felicidad, sobre todo si tenemos en cuenta el tipo
de conocimiento y de servicio a
Dios que circulaba por aquellos años.
La felicidad propiamente dicha se guardaba
para el más allá; era como una especie de premio a
la constancia en ese servicio divino; de ahí la
claridad del enunciado: “para, después, verle y
gozarle en la otra”. La felicidad a la que estaba
destinado el hombre se atrasaba hasta su desaparición
de este mundo porque, tal vez por el tren de vida
que llevábamos, hubiera sido una burla hacerla
coincidir.
La calidad de vida que nos ha traído el
progreso ha hecho que recuperemos la felicidad. Si
existe, cosa que muchos sospechan a pesar de
buscarla con tanto afán, tiene que darse aquí,
puesto que es el único escenario posible donde
representamos nuestra vida.
La
felicidad de existir
Santa
Clara, una monja del siglo XIII, daba continuamente
gracias a Dios por haberla creado. Sentía que la
felicidad camina junto con la vida, pero que no la
abandona en la muerte sino que sigue acompañándola
para siempre.
La llamada a la felicidad coincide, pues, con
la llamada a la vida. Hemos sido hechos para ser
felices y sólo nuestra terquedad puede frustrar ese
proyecto. Sin embargo constatamos que no siempre la
felicidad acompaña nuestras vidas ¿Se trata,
entonces, de un espejismo o de un simple deseo?
Ya dijimos que el concepto de felicidad es
muy variado y escurridizo. Para sintetizarlo, podríamos
decir que es “sentirse a gusto en la vida”; es
decir, que la felicidad se da allí donde se
encuentra sentido a la vida; y no cabe duda de que
la vida tiene siempre sentido, lo que pasa es que
hay que buscarlo y encontrarlo.
Por regla general, el creer que la vida tiene
siempre sentido favorece el abordarla con optimismo
y, en consecuencia, el vivirla con relativa
felicidad. Y digo relativa porque una de las
condiciones que tenemos las personas es la de ser
criaturas frágiles que en cualquier momento nos
podemos romper. Pretender, por tanto, tener
asegurada nuestra felicidad en todo momento es
erigirnos en dioses que dominan su existencia; y
nosotros, como comprobamos a diario, no dominamos la
nuestra.
Sin embargo, el vivir la existencia como un
don que nos permite ir creciendo en humanidad nueva
y feliz favorece el que lo seamos de una forma
progresiva. Para empezar, disponemos de pinceles, de
colores y de lienzo para pintar nuestra felicidad y
adentrarnos en ella.
Feliz
el que sigue los caminos del Señor
Si
de alguien podemos decir que vivió a tope su vida
es de Francisco de Asís. Y al decir a tope no me
refiero a ese nivel de placeres que caracteriza la
vida de muchos famosos. Quiero decir que la vivió
desde una razonable profundidad donde es posible
descubrir el sentido que la conduce y, por lo tanto,
la felicidad que la acompaña.
Para Francisco, el hecho de formar parte de
la creación ya es un motivo de felicidad, puesto
que estamos participando de esa armonía que brota
de las manos y del corazón de Dios. Pero sólo si
somos consecuentes con la finalidad para la que
fuimos creados podremos disfrutar de ese gusto por
la vida. El estar en relación con Dios, aunque sea
desde nuestra condición de criaturas, nos permite
acceder al calor de su intimidad donde el hombre
encuentra su sentido pleno y el gozo de sentirse
realizado.
La condición de caminantes que, a pesar de
los tropiezos, tratan de seguir los pasos de Jesús
es un ejercicio de capacitación para la felicidad.
El ensanchar los límites de nuestra humanidad para
poder albergar el modo de vivir que tiene Dios nos
permite ser felices como El mientras esperamos el
momento del encuentro definitivo donde la felicidad
será ya nuestro modo habitual de ser.
Si hemos sido hechos para ser felices como lo
es Dios ¿Por qué empeñarnos en serlo de otro modo
renunciando a la felicidad?
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ORACIONES
FRANCISCANAS
María
Virgen, elegida por la Trinidad santísima
para ser la madre del Hijo hecho hombre, recuérdanos
que cada uno de nosotros hemos sido elegidos
para hospedar al Dios trino y uno. Roguemos
al Señor.
María
Virgen, el primer lugar la tierra donde Dios‑hombre vivió fueron tus entrañas de mujer, aconséjanos c6mo debemos tratar al
Salvador de los hombres. Roguemos...
María
Virgen, eres palacio deslumbrante, llena de
gracia, trasformada de esclava en Madre del
Hijo de Dios y Reina del cielo, anímanos a
responder generosamente, como tú lo hiciste,
a las gracias del Poderoso. Roguemos...
María
Virgen, eres casa secreta, donde Dios se vistió
de tu carne y de tu sangre, acompáñanos en
la adoración del inefable misterio de amor
que es hacerse Dios un hombre como nosotros. Roguemos...
María
Virgen, Inmaculada y Asunta al cielo,
Medianera y Madre de la Iglesia, intercede por
nosotros para que la conciliación obtenida
por tu Hijo ante el Padre, consuele y aliente
nuestra vida. Roguem
os...
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De
la mano de nuestra Madre, María Virgen,
presentemos a Dios, fuerte y bondadoso, las súplicas
que abran nuestro corazón y nuestra mente a
la emocionada contemplación del misterio de
Dios.
Señor
Dios, altísimo y omnipotente, que has mirado a
con dulzura a tu esclava María de
Nazaret y en ella hiciste maravillas, escucha
estas plegarias que te hemos manifestado,
asistidos por la cariñosa devoción a la
Madre de tu Hijo y confiados en su maternal
protección. Por Cristo nuestro Señor. Amen |
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