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MARIOLOGÍA

VIRGEN DE LA O

(o de la Esperanza)

 

por Vicente Taroncher

La devoción popular mariana viene asociada a distintos calificativos (de Dogmas, Virtudes, lugares. Protección materna ...) Así: Inmaculada, Caridad, Pilar, Covadonga, Desamparados... y una infinidad de nombres. Me dicen que últimamente está cobrando fuerza en Estados Unidos la devoción a Ntra. Sra. de la Cocina.

Pero ninguno más corto y simpático que Virgen de la O; sí, simplemente O. Este nombre le viene a María porque las siete estrofas de Vísperas, que preceden a la Navidad, empiezan por “OH”, signo de expectativa y esperanza del pueblo de Israel, y especialmente de María, en la llegada de un salvador. Así, “Oh Sabiduría que brotaste de los labios del Altísimo”... (día l7), etc. Por lo que Virgen de la O es sinónimo de Virgen de la Esperanza

La fiesta de la Virgen de la Esperanza se celebra en España desde tiempos muy antiguos, siendo establecida litúrgicamente en el décimo Concilio de Toledo (656), presidido por su obispo San Eugenio III, con el nombre de Expectación del Parto. Con ella los obispos querían resaltar la fiesta de la Anunciación (25 de marzo), que por caer muchos años en plena cuaresma, no permitía celebrar con el debido esplendor el misterio de la Encarnación de Verbo y el estado de buena esperanza de María.

La esperanza es una virtud que acompaña al pueblo de Israel a lo largo de toda su historia. El pueblo de Dios tenía clara conciencia de su pecado y de que Dios remediaría su situación. Ahí están los primeros capítulos del Génesis: donde se origina el pecado y la muerte, allí mismo surge la promesa y la esperanza de la redención: “una mujer quebrantará tu cabeza” es la sentencia del Señor a la serpiente infernal.

El pueblo de Israel, alentado por las enseñanzas de los Patriarcas y Profetas, fue creciendo en la esperanza de que Dios le libraría de todos sus males y pecados enviándoles un salvador. Isaías, el profeta de la esperanza, les decía: De antemano yo os anuncio el futuro...Escuchadme los desanimados que os creéis lejos de la victoria: yo acerco mi victoria, no está lejos; mi salvación no tardará, traeré la salvación a Sión...”.

Pero entre todos los hijos de Israel la que más intensamente vivió la esperanza y ansió el cumplimiento de las promesas fue María. Los Santos Padres nos la presentan en oración, absorta en Dios, cuando recibe la visita del arcángel San Gabriel, pidiendo al Altísimo la pronta llegada del Mesías Salvador. ¡Qué sentimientos tan tiernos y profundos debieron embargar su alma en aquellos momentos!. Consciente de su pequeñez bendecía al Señor de quien se sentía esclava. Glorificaba al Señor por su infinita misericordia con los pobres y los humildes. Y, sobre todo, agradecía al Altísimo que hubiese cumplido las promesas que durante siglos habían alentado al pueblo descendiente de Abraham.

Pero María, por ser madre del Redentor y por voluntad del Padre, se convierte en fuente de esperanza para el nuevo pueblo de Israel. Así lo proclamamos cuando  recitamos la salve: “Vida, dulzura y ESPERANZA nuestra”; en Ella depositamos nuestra esperanza de salvación. Y pensando en su maternidad salvadora, la Iglesia canta: “Nos devolvió la esperanza de vida, que Eva pecando nos quitó” (Vísperas del 22 de agosto). Ella es, pues, la esperanza de nuestra salvación en medio de las dificultades de la vida. Y así, el Vaticano II no duda en proclamarla SIGNO DE ESPERANZA, que precede con su luz al pueblo de Dios peregrinante en esta tierra, hasta que llegue el día de Señor.


MARÍA EN EL ARTE

EL ICONO DE LA NATIVIDAD

por Luis Silvestre

Este icono sigue el esquema tradicional de la representación del Nacimiento de Jesucristo, según la Iglesia Ortodoxa, que reúne en un mismo icono narraciones del Evangelio y de los Apócrifos. El icono de la Natividad, es el prólogo de la historia de la salvación, y en él encontramos sintetizados los misterios del cristianismo: la encarnación, la muerte y la resurrección.

La escena esta encuadrada por una montaña en forma piramidal que se eleva en todo el espacio visual. La montaña es Cristo, resplandeciente, que viene al mundo, traspasa y trasciende cada colina y cada montaña, es decir la altura de los ángeles y de los hombres.

En primer plano respecto a la montaña se halla siempre representada la Madre de Dios. Esto viene a significar que la montaña es también imagen de la Virgen. El centro de la escena lo ocupa una plataforma donde esta María arrodillada y la cueva del nacimiento en la que Dios se manifiesta. En esta montaña o nuevo Sinaí, donde Dios se revela, Dios es el que está a la entrada de la cueva y la humanidad simbolizada por María puede mirar cara a cara a Dios sin taparse el rostro, pues Dios esta bajo el velo de la carne en Jesucristo. Dios se ha hecho Hombre. Dios se hace visible y accesible al hombre. 

En el centro del icono se abre una cueva que muestra las entrañas de la montaña. Representa el infierno y la muerte sobre la que está suspendido Cristo y que intenta engullirlo. Es la misma oscuridad que se halla en los iconos de la Resurrección.

La Virgen está arrodillada. Ella es la madre del Rey, aquella que goza de la divina confianza y que ha obrado en ella maravillas. La Virgen generalmente no mira al Niño, sino hacia el infinito custodiando y reflejando en su corazón todo aquello que de extraordinario había acontecido en ella.

María va vestida con su manto donde las tres estrellas (frente y ambos hombros) proclaman su virginidad antes, en, y después del parto. Adora a su Hijo y Dios en actitud de esclava del Señor, dispuesta ha hacer todo lo que él diga, así lo expresan sus manos cruzadas en el pecho.

Entre la Virgen y la entrada de la cueva aparece el Niño envuelto en pañales colocado más que en un pesebre, en un sepulcro de forma tradicionalmente rectilínea y con las paredes de mampostería. El Niño está envuelto como amortajado. Los pañales del Niño son las vendas mortuorias que después aparecerán esparcidas por el sepulcro cuando resucite. Este Niño es ya desde ahora el que va a vencer la muerte con su Resurrección. Nacemos para morir y resucitar con él.

En la parte inferior aparece san José pensativo y apartado, que se interroga frente al misterio. José duda sobre el adulterio de María, instigado por el diablo representado por el pastor que habla con él, apoyado sobre un bastón.

Arriba se hallan representados un grupo de ángeles que cantan mirando al cielo y a la tierra. Uno de ellos, destacado del grupo, se encuentra hablando con uno o más pastores. Este ángel anuncia al pastor la gran alegría de la salvación y lo hace extendiendo la mano con dos dedos juntos y tres tocándose por las puntas. Su significado es la salvación viene del Dios Uno y Trino a través de la Encarnación de Cristo.

Debajo de los ángeles que cantan el gloria aparecen los tres reyes de oriente a caballo y guiados por la estrella. Los magos representan a los hombres ajenos a la Antigua Alianza que el nuevo Reino Mesiánico ha de incluir. Los santos y justos, aunque no sean de Israel, son gratos a Dios, y Cristo extiende su elección y primogenitura a todos los pueblos, representados por los Magos.

En la parte inferior de este icono hay dos mujeres que preparan el baño al niño. Según la tradición la comadrona es Eva que junto a Salome se ocupan del Niño. Eva da la vida mortal, María la Inmortal. María pone en manos de Eva la Vida Inmortal: su Hijo.

En este icono hay dos figuras del Niño Jesús, que siempre se le representa con cara de mayor, con entradas en el pelo, porque ya desde el principio es verdaderamente hombre.

El Niño Jesús del sepulcro acentúa su resurrección, su divinidad. El Niño Jesús del baño en manos de Eva, acentúa su debilidad y muerte, su humanidad. Como Hombre necesita de cuidados, atenciones y cubrir sus necesidades. Es por tanto hombre, no solo en apariencia sino realmente.

Esta es la síntesis de todo el icono: en Jesucristo, Dios hecho Hombre, se ha cumplido la promesa hecha por Dios, ha instaurado la nueva y definitiva Alianza con los hombres, y nos ha llegado la salvación.