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 LOS MÁRTIRES CAPUCHINOS DE VALENCIA

Beato FIDEL DE PUZOL

Por José Vicente Esteve

 

BEATO FIDEL DE PUZOL (Mariano Climent Sanchis)

            El más anciano del grupo de los mártires capuchinos de Valencia es Fray Fidel. Ni sus canas ni sus achaques fueron obstáculo a la hora de eliminarlo. Era un fraile, y este fue el motivo que ocasionó su condena.

            Nació en Puzol (Valencia) el 8 de enero de 1856. Al día siguiente de su nacimiento recibió el Bautismo, en el que le fue impuesto el nombre de Mariano. Sus padres fallecieron muy pronto, por lo que él se crió con una hermana de su madre. Su tía le transmitió la piedad, pero no pudo hacer lo mismo con las letras. Destinado desde pequeño a las faenas del campo, no tuvo ocasión de recibir formación escolar. Por lo demás, es muy poca la información que poseemos de su infancia y juventud. Sí sabemos que durante su juventud se alistó en las tropas carlistas.

La vida castrense no le satisfizo ni le podía llenar, por lo que sustituyó el uniforme militar por el hábito capuchino cuando tenía veinticuatro años de edad. Era vocación ya madura, curtida por la vida y los sinsabores de una infancia sin padres. Llamó a las puertas del convento de Santa María Magdalena al que los capuchinos habían vuelto tres años antes. Vistió el hábito en 1880, recibiendo el nombre de Fray Fidel de Puzol. El 14 de junio de 1881 emitió sus votos simples, que ratificó tres años más tarde por todo el tiempo de su vida.

En los conventos desempeñó diversos cargos, como los de portero y limosnero. También le encargaron de la cocina, y sabía condimentar bien las viandas que formaban la pitanza conventual. Algo sabemos de las estrecheces de aquellos tiempos; alguna vez faltó incluso el pan. Pero Fray Fidel se las ingeniaba bien. En Valencia, ya en los últimos años de su vida, desde 1926, todavía le quedaban fuerzas para atender las necesidades del Provincial.

Además de ser maestro en el arte de alimentar al que san Francisco llamaba hermano cuerpo, Fray Fidel cultivó el arte siempre difícil de la caridad fraterna. Era pacífico, para algunos algo tímido, pero hacía lo posible por ser amable con todos. Su cualidad más notable fue sin duda su amabilidad, y a la caridad con todos añadía la sonrisa, que tan amable hace a la persona y tantas situaciones tensas contribuye a suavizar.

Fray Fidel era hombre de oración. Horas enteras se pasaba en el coro o la capilla. Siempre se le veía con el rosario en la mano, dice algún testigo, exageración más que evidente, pero que refleja su diálogo interior con el Señor y su entrañable amor a la Madre de Dios. Muy temprano, antes que los demás acudiesen al coro para la oración, ya se encontraba Fray Fidel de rodillas ante el Cristo del coro.

            La figura de Fray Fidel recuerda las de los primeros capuchinos, en los que se aunaba la oración y el servicio, la observancia fiel de la regla franciscana con el amor fraterno. Atento, afable, bondadoso y cariñoso. Limpio en su persona, y más en su alma. Ese era el Fray Fidel al que el Señor consideró digno de imitarlo en su muerte.

            Aunque tenía orientada su vida sobre todo hacia el interior del convento, no se le escapaba la dificultad de los tiempos en que vivía. Ya antes de 1936 hablaba de la persecución y martirio. Cuando la comunidad de Valencia tuvo que abandonar el convento, Fray Fidel se trasladó a su pueblo. Fue acogido por unos parientes, pero se daba cuenta de que un anciano como él, privado en parte de la vista, podía suponer una carga además de un compromiso para quienes le habían acogido, por lo que fue pasando a las casas de otros familiares.

            La presencia de Fray Fidel en Puzol no había pasado desapercibida. Al atardecer del 27 de septiembre se presentaron en la casa donde residía para que acudiese al Comité a fin de prestar unas declaraciones. Registraron la casa y la habitación que ocupaba Fray Fidel, y nada pudieron encontrar, fuera de la poca ropa que había traído del convento, y el alambre con el que hacía los rosarios. No eran ciertamente armas peligrosas. Esa noche la pasó en el Comité, y de madrugada fue llevado en un coche camino de Sagunto. Al llegar al antiguo convento de la Vall de Jesús, que había pertenecido a los franciscanos, le hicieron bajar, y allí mismo lo fusilaron.

            Fray Fidel, que nada había tenido en la tierra, tampoco tuvo al principio sepultura. Dos días después lo llevaron a Sagunto, para enterrarlo en una fosa común. Allí, enterrado en el seno de la hermana madre tierra, su cuerpo ha germinado para la eternidad.